
Ilustración realizada por David Petroni
Aprovechando estos meses de descanso veraniego, hoy les traigo una historia para leer bajo la sombra de algún frondoso árbol o escuchando el fresco rumiar de los ríos patagónicos. Dichoso aquel que pueda materializar esta idea.
“La piedra azul” es un relato de Eduardo Galeano (1), que me agrada compartir porque refleja, no solamente, una de las tantas injusticias cotidianas y perversas de este sistema capitalista, si no, a su vez, un claro ejemplo de lo que podría llamarse una historia de anti-promoción de la Salud.
La piedra azul
“Ciudad de Goiania, Brasil, septiembre de 1987: dos juntapapeles encuentran un tubo de metal tirado en un terreno baldío. Lo rompen a martillazos, descubren una piedra de luz azul. La piedra mágica transpira luz, azulea el aire y da fulgor a todo lo que toca. Los juntapapeles parten esa piedra de luz. Regalan los pedacitos a sus vecinos. Quien se frota la piel, brilla en la noche. Todo el barrio es una lámpara. El pobrerío, súbitamente rico de luz, está de fiesta.
Al día siguiente, los juntapapeles vomitan. Han comido mango con coco: ¿Será por eso? Pero todo el barrio vomita, y todos se hinchan, y arden. La luz azul quema y devora y mata; y se disemina llevada por el viento, la lluvia, las moscas y los pájaros.
Fue una de las mayores catastróficas nucleares de la historia. Muchos murieron, y muchos más quedaron por siempre jodidos. En aquel barrio de los suburbios de Goiania nadie sabía qué significaba la palabra radioactividad, y nadie había oído jamás hablar del cesio 137. Chernobyl resuena cada día en las orejas del mundo. De Goiania, nunca más se supo. En 1992, Cuba recibió a los niños enfermos de Goiania, y les dio tratamiento médico gratuito. Tampoco este hecho tuvo la menor repercusión, a pesar de que las fábricas universales de opinión pública siempre están, como se sabe, muy preocupada por Cuba.
Un mes después de la tragedia, el jefe de la policía federal en Goiás declaró:
-La situación es absurda. No existe ningún responsable por el control de la radioactividad que se usa con fines medicinales.”
Se ve claramente, en este breve relato redactado por esa mágica pluma que este gran escritor uruguayo utiliza para deleitarnos, que los “juntapapeles” de Goiania, no tenían ningún tipo de acceso a condiciones de vida saludable. No solamente carecían de las necesidades básicas que el Estado debería brindar a toda la población, sino que a su vez ese entorno les era completamente hostil, dejándolos al margen de toda posibilidad de cambio en su vida.Por otro lado, en este documento, se establece que debe ser la sociedad, la que debe participar en la elección de cómo se deberían utilizar los recursos en salud, ya sea a través de ONGs, empresas, instituciones barriales, sociedades de fomento, etc.
Desde el vamos, si un “juntapapeles” apenas puede sobrevivir en su entorno, no podemos pretender que tenga la entereza de organizarse y pensar en pos de su salud. Con lo cual, se puede entender que para promover la salud no alcanza con el acceso a un entorno saludable, que es prioritario para todo lo demás, sino también con el acceso a la información y a la educación.
Para que todo esto sea posible, todos (y todas), debemos participar junto con el Estado, para que aquellas personas que son subyugadas a vivir al margen de este derecho que es la salud, puedan tener alcance al mismo, en igualdad de condiciones que aquellos que tenemos la suerte y el privilegio de acceder.
Porque sin educación no hay conciencia, sin conciencia no hay cuestionamientos; sin cuestionamientos no se generan motivaciones; sin motivaciones no se asumen compromisos, sin compromisos no se dan los cambios; y sin cambios, en pensamientos, palabras y acciones, no se puede lograr una clara y concreta promoción de la salud.
Referencias:
1-“Patas arriba. La escuela del mundo al revés” Eduardo Galeano. Ed Siglo XXI
2- “Carta de Ottawa para la Promoción de la Salud”, OMS, Ginebra, 1986


